Porque nadie debe ser esclavo

de las enfermedades mentales

Porque nadie está

condenado al abandono

Porque todos merecemos esperanza...

Volver a vivir

Una historia de Danelys Vega Cardozo y Juan Nicolás Barahona Espinosa

Diciembre de 2020

Reportaje realizado para la clase de Periodismo y Salud Mental de la Facultad de Comunicación, como parte de la Beca Carter para Periodismo en Salud Mental.

 

Primera parte

Cuando llegó la noche

“Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. Ese es mi mantra de vida. Sin embargo, la frase no me pertenece. Se le atribuye a Nietzsche, aunque la escuché por primera vez gracias a mi terapeuta. Luego, de la mano de Viktor Frankl y su libro El hombre en busca de sentido, aquellas palabras se volvieron cada vez más frecuentes. Hasta que un día me apropié de ellas, pasé de recitar al filósofo  y comencé a vivenciar en mí que la expresión era cierta. Recuperé mi “para qué”, y a partir de ahí fue más fácil caminar sobre las piedras. Pero tardé dos años y medio para llegar a ese punto.

 

En Julio de 2017 sufrí mi primera crisis de migraña con aura. Un fuerte dolor de cabeza acompañado de mareos, vómito, vértigo, disminución de la visión, sensibilidad al ruido y a la luz me impedían desarrollar mi vida con normalidad. Estos síntomas se prolongaron durante dos semanas. No obstante, comencé a leer mucho acerca de la enfermedad e incluso alcancé a obsesionarme con el tema. Cambié mis hábitos alimenticios, reduje el consumo de dulces y comida procesada y empecé a comer “más natural”. Retomé mi pasión por la actividad física, realizaba ejercicio seis veces por semana y llegué a correr 12 kilómetros día de por medio. 

 

También, por aquella época me encontraba trabajando y estudiando, por lo que dormía cuatro horas diarias. Pensé que con el tiempo me acostumbraría a la nueva rutina, pero no fue así. 

 

Un día algo comenzó a parecerme extraño. Me mantenía ocupada, pero me sentía peor. Y aquella sensación tan frecuente en mi adolescencia, que solo el embarazo y el posterior nacimiento de mi hija habían logrado disipar, reapareció: el vacío había vuelto. Además, cada día me sentía más agotada, tanto a nivel físico como mental. Lloraba con frecuencia. Hacía las cosas por inercia. No disfrutaba de ninguna de mis actividades. Y hasta comencé a sentir que mi hija y mi pareja eran una carga. El descanso se convirtió en mi único anhelo. 

 

A mediados de septiembre de 2017 asistí por primera vez a una consulta de salud mental. Recuerdo haberme desahogado durante la sesión, le comenté a la médica cómo me estaba sintiendo, y en algún punto terminé llorando. Ella reaccionó de manera muy empática y me pasó un Kleenex para que secara mis lágrimas. Salí de ahí con una remisión a psiquiatría y un posible diagnóstico de depresión.

 

La psiquiatra confirmó el dictamen médico, me recetó un antidepresivo llamado Sertralina y me dijo que era necesario acompañar el tratamiento farmacológico con uno terapéutico. En ese momento fui consciente de que necesitaba colocarle un pare a mi vida. Me urgía dormir más y bajar un poco la carga que tenía encima. Pensé en renunciar a mi trabajo, pero mi situación económica no era la mejor en el momento. Tomé la dura decisión de cancelar el semestre. 

 

Mis padres y mi pareja fueron bastantes comprensivos conmigo. Me apoyaron  y nunca me juzgaron. No obstante, los medicamentos tardaron en hacer efecto. Y mientras tanto, la situación empeoró. Comencé a faltar a mi empleo. Dejé de alimentarme “sano” y empecé a comer mucho dulce. Abandoné el ejercicio. Reduje el tiempo que compartía con mi hija y su padre. Me la pasaba durmiendo casi todo el día. 
 

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Primera parte

Cuando llegó la noche

Los problemas de depresión son cada vez más comunes en la población joven. 

Por ejemplo, de los 3500 pacientes que la Fundación Unidos Contra la Depresión atiende al año, un 60% son personas entre los 15 y 18 años que llegan a solicitar apoyo tras haber estallado su crisis emocional.

Son adultos jóvenes que enfrentan procesos de desapego, desaprobación, rechazo social,  problemas familiares y caídas en su rendimiento académico o profesional. 

Sus problemas van creciendo silenciosamente, pero carecen de explicación, creando conflictos con su entorno, con sus seres queridos y aumentando la percepción de que han perdido su libertad.  


 

Para Luz Marina Carrillo, presidenta de la Fundación, eso pone en riesgo la salud e integridad de los jóvenes, pues no solo se va agravando su enfermedad sino también se vuelven propensos a ser estigmatizados, a ser aislados.

 

“Un joven con depresión puede perder el sentido de su vida. Y es común que no quieran iniciar un tratamiento. Pero debemos hacer que entiendan que es necesario, porque su familia empieza a sufrir, no sabe qué hacer. Ellos quieren ver que el joven aporte, tenga voluntad, tenga fuerza para salir adelante. (...) Para eso se requiere un tratamiento multidisciplinar que cambie sus percepciones, los vuelva conscientes de sí mismos y sean capaces de buscar soluciones”, explica Carillo.

 

Pero es un proceso extenso,  difícil, en el que el joven debe sortear, con todas sus fuerzas, los embates del día a día.


 

* * *
 

 

Segunda parte

Sin respuestas

¿Qué es el pensamiento polarizado?

Ángeles Beriso y otras psicólogas clínicas plantean en el libro Cuadernos de terapia cognitivo- conductual que el pensamiento polarizado “consiste en ser extremista, ver las cosas en blanco o negro, sin apreciar la existencia de categorías intermedias. Si algo no es perfecto, está mal. Por ejemplo: Soy pianista, cometo un pequeño fallo en un concierto y pienso «estoy tocando fatal»”.
 

¿Qué es el filtro mental?

 

Según las autoras, en el caso de las personas con tendencia a esta distorsión , el filtro mental es “un detalle negativo que nubla los demás aspectos de la realidad".

 

"Es como una gota de tinta que tiñe toda la jarra de agua. Por ejemplo: He llegado tarde a una reunión y pienso «ya lo he estropeado todo»”, explican.

Cuando iba a mi trabajo me aburría demasiado. Además, sentía que el tiempo corría muy despacio. Las horas se me hacían eternas. Mi rendimiento laboral disminuyó. No obstante, como mi pareja trabajaba en la misma empresa, me ayudó a cumplir con las metas diarias que me exigían. Mis finanzas comenzaron a mejorar. Sin embargo, sentía que mi vida carecía de sentido. Un día en una de las consultas por psicología, me atreví a preguntarle a la psicoterapeuta por qué sufría de depresión. No halló un único motivo. Me dijo que podía estar relacionado con la crisis de migraña con aura, pero también con la falta de descanso y sueño a la que había estado sometida. Le expresé que quería que mi vida volviera a ser como antes. Ella me respondió que con el tiempo las cosas podrían mejorar, pero que nunca serían iguales. 

 

Asistía a psicología cada mes o mes y medio. Todo dependía de la disponibilidad de agenda que hubiera en el momento. Había que esperar mucho por sesiones cortas. Cada cita duraba media hora. Igual, continué con el tratamiento. Sabía que necesitaba la ayuda que me estaban brindando.

 

Recuerdo que al principio de las sesiones psicoterapéuticas aprendí a identificar cuáles eran los tipos de distorsiones de la percepción de la realidad que en mayor medida cometía, siendo el pensamiento polarizado y el filtro mental los más comunes en mí. En una escala de 0 a 100 puntué 90, lo que significaba que me relacionaba con mi entorno con muchas alteraciones en mi psique.

 

 

A finales de noviembre me cambiaron el medicamento por uno más fuerte. Le manifesté a la psiquiatra que no sentía mejoría con la Sertralina. Me recetaron Imipramina. 

 

Cuando el nuevo fármaco empezó a hacer efecto, la vida se tornó más llevable. Sin embargo, me seguía sintiendo “vacía” y el fastidio por mi trabajo no desaparecía. Al parecer la culpa no era de la depresión: no me gustaba lo que hacía.

 

Mi martirio finalizó en marzo de 2018. Para esa fecha se nos terminó el contrato laboral tanto a mi pareja como a mí. A finales de julio regresé a la universidad a continuar con mis estudios. Eso me animó mucho. Pero en agosto me quedé sin EPS y no tenía cómo seguir pagando mi afiliación. No pude continuar recibiendo ninguno de los tratamientos. Suspendí el antidepresivo que me habían recetado durante un mes. Hasta que un día mi papá se dio cuenta que necesitaba seguir tomándolo y decidió comprarlo. 

 

A finales de noviembre de 2018 estuve hospitalizada durante una semana. Mi padre me pagó la seguridad social con el fin de que la cuenta por la atención médica fuera más económica. Retomé el tratamiento psicoterapéutico y farmacológico por la EPS.

 

Por tercera vez me cambiaron el medicamento. Me recetaron uno que es utilizado en los casos severos de Depresión Mayor. No obstante, el nuevo fármaco me empezó a preocupar. Los sentimientos negativos como la tristeza desaparecieron, pero no fueron cambiados por positivos como la felicidad. En realidad, sentía que había perdido la sensibilidad hacia los demás. No me importaba lo que ocurría a mi alrededor. Ni siquiera era capaz de llorar. 

 

Por psiquiatría me dijeron que debía esperar a que mi organismo se acostumbrara al medicamento. Un mes y medio después de estar tomando el nuevo antidepresivo, el llanto regresó.

Segunda parte

Sin respuestas

Desde la Asociación Colombiana Contra la Depresión y el Pánico (Asodep) han identificado que los tratamientos para la salud mental en el país están centrados en lo farmacológico.

 

Esto nos les basta a los pacientes para sanar, desestimulando su interés de buscar ayuda profesional.

 

“Una de las cosas que hacemos dentro de Asodep es apoyar la adherencia al tratamiento, que el paciente siga con sus controles de psiquiatría para ver su respuesta frente a los fármacos. Pero a veces las personas nos dicen: «Yo prefiero dejar así, no continuar tomando los medicamentos porque no conseguí la cita con el psiquiatra». Es decir, se cansan de ir tantas veces a la EPS a buscar una consulta, lo que es gravísimo”, afirma Fabiola Lozano, representante legal de Asodep.


 

Eso explica en gran medida el porqué las personas acuden a centros de apoyo distintos a las EPS. Solo en Asodep tienen grupos de atención de hasta 300 personas con la necesidad de hablar, de ser escuchados, de no ser juzgados.

 

“Ha mejorado la atención, pero antes pasaba que en algunas EPS las personas tenían autorización de una cita al año con el psicólogo", algo increíble e injusto, dice Lozano.


 

* * *
 

 

Tercera parte

El sistema falló

A finales de enero de 2019 volví a aquel trabajo que tanto odiaba. Mi situación económica me obligó a hacerlo. Retorné a la rutina de los viejos tiempos. Laboraba y estudiaba a la vez. Como en 2017, el cansancio físico y mental estaban presentes. Las horas de sueño eran escasas. Y el tiempo que compartía con mi hija era limitado. Pero dos comportamientos que antes no solía presentar llamaron mi atención. El primero de ellos tenía relación con mi sueldo. Me gastaba el dinero con facilidad, no me duraba más de una semana. El segundo estaba relacionado con mis hábitos alimenticios. Utilizaba la comida como una estrategia para lidiar con mis emociones. 

 

Un día me gasté casi un millón de pesos. Luego de ese suceso me sentí “muy acelerada”.  Hablaba muy rápido, no era capaz de quedarme quieta y tenía dificultades para enfocar mis pensamientos. Cuando llegué a mi casa le dije a mi madre que me acompañara al sitio de  urgencias de salud mental de la EPS Sanitas. El residente en psiquiatría que me valoró me manifestó que sospechaba que sufría de Trastorno Afectivo Bipolar (TAB). No obstante, me indicó que era mejor que me quedara algunos días interna en el lugar para que pudieran analizar con detenimiento mis síntomas y comportamiento. Lo acepté, y ahí me di cuenta de que un gran porcentaje de los pacientes que se encontraban hospitalizados padecían de depresión. Y aunque compartían la misma enfermedad, no la experimentaban de la misma forma. 

 

Una semana después me dieron de alta. Salí de ese lugar con un diagnóstico de TAB y un nuevo medicamento: litio. No obstante, a los días de estar tomando el fármaco empecé a tener “alucinaciones visuales”. Observaba alrededor del teléfono celular manchas blancas que se movían. También divisaba puntos negros en el cielo y presentaba visión doble, en particular, cuando miraba árboles y postes.   

 

Hasta que experimenté dos episodios de desrealización. En uno de ellos, sentía que mi casa no era en realidad mi hogar. Me parecía que todo lo que me rodeaba era desconocido. El otro sucedió mientras me encontraba en la calle. Creía que no pertenecía al mundo que habitaba. Los colores se me hacían más intensos y vivos.  Me sentía desconectada de la realidad. Mirar a las personas me generaba angustia, pensaba que querían hacerme daño. Tampoco soportaba el ruido. Me irritaba.

 

No duré mucho tiempo tomando el medicamento. Al mes y medio de estar consumiendo el litio, mi psiquiatra decidió que era mejor suspenderlo. No solo por los efectos secundarios. Ella se había dado cuenta de que me diagnosticaron mal. “Por tu historia clínica considero que en realidad tienes un Trastorno Límite de Personalidad”, dijo. 

 

Aunque aquello explicaba muchos de mis comportamientos, debo confesar que esa noticia me cayó como un vaso helado de agua fría. Prefería ser bipolar que tener TLP. Conocía desde mi adolescencia el trastorno, dado que durante esa etapa de mi vida leí un libro llamado Abzurdah, de Cielo Latini. Allí comentaba que había sido diagnosticada con esta enfermedad mental.

 

 

 

 

La psiquiatra me explicó que por el momento no requería tomar ningún fármaco sino psicoterapia intensiva. También me ordenó sesiones quincenales por psicología. Sin embargo, debido a restricciones en la agenda ofrecida por la EPS y los médicos, tuve que programar la consulta para dentro de un mes y medio. 

 

Entendí que el sistema de salud tenía graves fallas en su funcionamiento, particularmente en asuntos relacionados con la salud mental. Yo necesitaba terapia intensiva. ¿Qué sentido tenía que me ordenaran algo que el sistema nunca me iba a ofrecer? 

 

Uno entiende que las cosas no son tan rápidas como uno quisiera, pero para ese entonces tenía mucha desmotivación por la vida. Comencé a perder la esperanza. Y empecé a compadecerme, a decirme que tenía derecho a no hacer nada, a faltar a clase, a no compartir tiempo con mi hija. Yo podía estar con ella, pero no daba. Solo quería dormir, chatear o escuchar música. Lo único que disfrutaba era ir al gimnasio. 

 

Incluso, en algún punto estaba esperando a que me llegara la muerte. Cuando caminaba, dejé de mirar las calles. Cuando cruzaba los puentes, sentía el impulso de saltar. Afortunadamente nunca lo intenté. En el fondo sabía que mi ausencia sería terrible para mi familia y en especial para mi niña: ¿Qué sería de ella sin mí?, solía preguntarme.   


Cuando por fin llegué a psicología, para confirmar el nuevo diagnóstico, me ordenaron un test de personalidad que no alcancé a realizar.

 

Me había quedado otra vez sin EPS. El cassette volvió a rebobinar. 

* * *
 

Es una afección mental que se caracteriza por la desregulación emocional, según el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos.

 

Quienes padecen esta enfermedad pueden presentar síntomas como cambios frecuentes de estado de ánimo,

 

impulsividad, sentimientos crónicos de vacío, comportamientos autoagresivos, relaciones interpersonales inestables, esfuerzos para evitar el abandono real o imaginario, ira intensa, pensamiento polarizado (todo o nada), idealización y devaluación.

¿Qué es el Trastorno Límite de Personalidad (TLP)?

Asientos de sala de espera

Tercera parte

El sistema falló

Esas barreras y exclusiones a los pacientes es una de las problemáticas más graves en la atención a la salud mental, según Astrid Arrieta, expresidenta de la Asociación Colombiana de Psiquiatría (ACP).

 

Ella señala que las personas no reciben un tratamiento integral en las EPS en gran medida porque no están bien supervisadas y porque los demás entes no conciben a la salud mental como una área digna de atención. 

 


 

“De las 10 primeras causas de enfermarse de todas las enfermedades que existen en el mundo, 4 pertenecen al área de la salud mental.  Y el que no sean palpables como una fractura o un hematoma no significa que no existan. Y tienen consecuencias nefastas. La depresión tiene la misma mortalidad de una leucemia, pero la gente no se alarma de la misma manera", explica Arrieta.

Y  sucede porque las entidades responsables no hacen el seguimiento ni el control suficiente a esta problemática.

 


 

 

"Hablaba una vez con un secretario de Salud de un departamento y le dije: “oiga, usted no puso entre sus prioridades dentro del plan la parte de psiquiatría y la parte de depresión”. A lo que me respondió: “Pero por qué si yo estoy buscando enfermedades que causan discapacidad y las que tengan más mortalidad”, narra Arrieta.


 

Parte final

Cuando volvió el porvenir

 

A principio de agosto de 2019 pensé que la depresión había regresado. No disfrutaba de mis clases universitarias. Tenía problemas para concentrarme. Lloraba con frecuencia. Sufría de irritabilidad. Presentaba ideaciones suicidas. Dormía más de la cuenta. Comía en exceso. Sentía un vacío enorme. Y evitaba compartir tiempo con mi hija. 

 

Preocupada acudí a un servicio de orientación psicológica que ofrece mi universidad. Ahí, me indicaron algunos sitios a los que podría recurrir para iniciar un tratamiento psicoterapéutico. 

 

Tardé un mes en buscar ayuda en uno de esos lugares. En parte, porque no estaba en una buena situación económica después de perder mi trabajo y no quería poner en apuros a mis padres.

Pero llegué al límite y tuve que decidir.  Primero, llamé al sitio más económico, que pertenece a una prestigiosa universidad de Bogotá. Me indicaron que por el resto del semestre no tenían disponibilidad de agenda. Eso me dio rabia. Aunque estaba decidida a resolver mis problemas. 

 

Entonces, me comuniqué con la Sociedad para el Avance de la Psicoterapia Centrada en el Sentido (SAPS).

 

Ahí pregunté por el programa Viktor Frankl, como me había recomendado la psicóloga de mi universidad.  Tomaron mis datos y me dijeron que se comunicarían conmigo. A los cuatro días asistí a mi primera cita.

 

Noté la diferencia con la EPS desde el primer momento. La sesión se realizó en un consultorio de terapia con un sofá, dos sillas, una mesa de centro y un tablero. El psicoterapeuta se enfocó solo en escucharme, no hizo anotaciones en un computador o cuaderno. Cuando terminé de hablar, me explicó en qué consistía el programa Viktor Frankl y la logoterapia. Para finalizar, me dejó como tarea escribir cuarenta razones para cambiar y leer el Hombre en busca de sentido. Al despedirnos me dio un abrazo, algo que nunca había recibido en el sistema de salud. Me sentí cálida y como un ser humano. Había llegado al lugar que era.

 

La logoterapia nació en Viena, Austria, a raíz de las experiencias vividas por el psiquiatra Viktor Frankl durante su permanencia como prisionero en los campos de concentración nazi. En estos lugares él se dio cuenta que la persona no estaba determinada por las condiciones psíquicas, biológicas, sociales y físicas de su entorno. El hombre era capaz de oponerse a esas circunstancias, porque a pesar de todo siempre conservaba su libertad espiritual.

 

“En los campos de concentración se dio cuenta que mucha gente enferma, con hambre, solo les daban al día una ración de pan y un caldo, que era más agua que caldo. Y cuando veían a alguien que estaba peor, más enfermo, con más hambre, decidían darle de su comida al otro”, ejemplifica Juan Pablo Morales, psicólogo y logoterapeuta.

¿Qué es la logoterapia?

Otro de los componentes principales de esta terapia es que se centra en el sentido de vida.

“Muchos de los reclusos en los campos de concentración podían ir a las cercas eléctricas y 

 

suicidarse, pero casi ninguno lo hacía, ¿ Por qué?, porque había algo más allá de sí mismos, algo trascendental que los llevaba a no morir, que les daba un sentido para vivir”, añade Morales. 

 

Este tratamiento ha demostrado ser efectivo, sobre todo, en temas asociados con personalidad, adicciones y depresiones.

Viktor Frankl - Wikimedia Commons

Por gran fortuna, tenía los medios y el apoyo para buscar un centro de atención ajeno al de la EPS. ¿Pero qué hubiera pasado si, por ejemplo, fuera una joven en condiciones socioeconómicas precarias? ¿O que me tocara vivir alejada de mi familia, viviendo sola y sin tener cómo encontrarme con ellos? ¿Qué hubiera sucedido si no reaccionaba y, en cambio, seguía con el tratamiento errado de la EPS? ¿Hoy estaría viva? Creo que no.

 

Durante las primeras sesiones, mi terapeuta me escribía para programar las citas. Nos veíamos una vez por semana. La consulta era económica, tenía un valor de veinte mil pesos. Pero a finales de septiembre cancelé el semestre en la universidad. Mi estado de salud había reducido mi nivel académico. Había perdido 5 materias y sentía que no estaba aprendiendo nada. Pensaba que la gente de mi semestre se estaba haciendo una mala imagen de mí. Estaban enfocados tanto en su rendimiento, en las cosas del día a día, que no notaron que yo estaba mal. 

 

Mi logoterapeuta me había animado a no dejar la universidad. “Si siempre has hecho las cosas igual y no han funcionado, ¿por qué no intentas hacer las cosas diferentes?”, me dijo. Ya en cuatro ocasiones anteriores había cancelado el semestre. Le hice caso por una semana, pero al final desistí. 

 

Para finales de octubre, en compañía de mi terapeuta, realicé el test de personalidad que antes no pude. Los resultados arrojaron que tenía en mayor medida TLP y en menor medida presentaba síntomas característicos del Trastorno de Personalidad Dependiente. Mis miedos más profundos eran sentirme usada y abandonada. Y ante situaciones de “amenaza”, que pudieran activar esos temores, solía recurrir a estrategias de afrontamiento que terminaban siendo nocivas para mí.

 

En total, fueron nueve meses de tratamiento. Durante ese tiempo aprendí a conocerme mejor. Los ejercicios realizados durante las sesiones fueron claves. Gracias a ellos logré identificar las máscaras más comunes que utilizaba en mis relaciones interpersonales, la razón de que muchas veces tendiera “al caos”, las sensaciones y los eventos que estaban ligados a mis emociones, y mis fuentes de sentido.

 

Pero lo más importante es que pasé de sobrevivir a vivir. Aprendí a relacionarme con el mundo desde la libertad y no desde el miedo. El malestar emocional ya no es un impedimento para desarrollar mis actividades diarias con normalidad. Entendí que el sufrimiento es parte de la vida. Ya no me callo por miedo al abandono. Expreso lo que siento y pienso. Soy consciente de que no puedo controlar todo y que un solo acto no define a las personas. Además, mi hija volvió a tener madre y mi vacío desapareció.  

 

En ocasiones, la oscuridad visita mi puerta. Aunque no me dejo vencer, pues me acompañan aquellas palabras del doctor Viktor Frankl: “Al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la última de las libertades humanas - la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias - para decidir su propio camino”.

Juez y martillo

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Epilogo

La atención que ofrecen las EPS tiende a excluir a la familia, a los seres queridos del paciente y a establecer muchas barreras. Esto lleva a que el paciente no se sienta verdaderamente protegido, dicen los expertos consultados para esta investigación.

 

Es común que las personas luchen durante meses por conseguir una consulta con el psiquiatra, pero se chocan con una situación: en la EPS la cita dura 10 o 30 minutos. En ese momento no alcanzan ni siquiera a contarle al médico todo lo que les ha pasado, lo que están sintiendo, lo que están pensando, lo que están sufriendo. El psiquiatra, por el andamiaje y las cargas del sistema,  tiene que limitarse a determinar mayoritariamente un tratamiento farmacológico.

Para cambiar esa situación, en 2013 se promulgó la Ley de Salud Mental, también conocida como la Ley Esperanza.

 

“Con ella se visibilizó la necesidad de prevención en temas de salud mental en un país tan violento como el nuestro.  Era necesario hablar sobre las enfermedades mentales, la prevención y la intervención desde lo comunitario",  Y también sobre la responsabilidad de todos los actores, no solo de una institución, pues la salud mental no solo hace parte del Ministerio de Salud. Es de todos”, explica Alba Luz Pinilla, excongresista del Polo Democrático y autora de la ley.

Pero hay un problema: a pesar de haber sido sancionada, la Ley Esperanza aún no está totalmente reglamentada. 

 

Es decir, no es una realidad la atención integral de los pacientes, pues el Estado no garantiza, en conjunto,  una mejor preparación del personal médico, tratamientos menos prolongados, la creación de redes de atención comunitaria, mayor prevención en los espacios laborales y la disminución del estigma, entre otros aspectos.


 


 

Esto no significa que los esfuerzos han sido en vano, dice la excongresista Pinilla. Ya existen lineamientos para el tratamiento de la salud mental en el Consejo Nacional de Política Económica y Social (Conpes). También hay organizaciones y miembros de la sociedad civil que siguen trabajando para que la Ley Esperanza se cumpla, en protección de la calidad de vida de los colombianos.

 
 

Recomendaciones para ayudar a una persona que sufre depresión

 

1. Infórmese con un profesional. Así entenderá que es una condición en la salud mental, que es temporal y, sobre todo, que existen soluciones.

 

2. No lo estigmatice. Tampoco use expresiones como “Ya. Anímese”; “¿Por qué está triste? Usted es desagradecido”; “Ya deje la joda. Párese más bien”. Eso aumenta los sentimientos de culpa en el paciente.

 

3. No se alarme si la persona inicia un tratamiento farmacológico. Tampoco crea que le generarán dependencia o que por usar medicamentos se está volviendo “loco”. Los fármacos son una ayuda a la que debe sumarse la comprensión y el acompañamiento.

 

4. Siempre esté dispuesto a escucharlo. Hágale saber y demuéstrele que estará ahí para apoyarlo, que él no estará solo durante su proceso de sanación.

 

5. Evite descifrar lo que la persona siente. Debe respetar sus espacios, sus duelos. Valide sus sentimientos y, en especial, pregúntele: “¿Cómo te puedo ayudar?”

Fuente:

 

Fabiola Lozano, representante legal de la Asociación Colombiana Contra la Depresión y el Pánico (Asodep).

Y no olvide: la pandemia también afecta la salud mental

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Especiales Unisabana Medios 

© Periodismo para la Salud Mental,  como parte de la Beca Carter para Periodismo en Salud Mental- Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana - 2020 - II

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